Alt.Latino
11:08 am
Thu October 11, 2012

El Pueblo Unido: More Latin American Protest Songs

Originally published on Wed December 19, 2012 12:33 pm

My parents lived through one of the most horrific eras in Argentina's history: a military dictatorship that began in 1976, ended in 1983 and left a toll of death and ruin with which the country is still coming to terms.

Like many children whose parents survived that era, I grew up amid relative peace and democracy, while overhearing painful reminiscences and sensing my parents' fears. In truth, I don't think they themselves could gauge the full mass of their horror: What made those dictatorships most appalling was precisely what couldn't be seen. The disappearances, the lack of bodies, the abundance of empty seats, the screams you didn't hear over the local police station's blaring of loud pop music during "interrogation" sessions — it all added up to a nothingness that crushed everything.

My generation inherited the remnants of that era — both the horrors and the human resilience. When I was a kid, I stumbled upon a book that detailed, case by case, the atrocities inflicted by the military government. They became the lexicon of my nightmares. But I simultaneously stumbled upon the music, art and writing of those who dared to oppose the powers that be. Musicians like Mercedes Sosa, Chico Buarque, Victor Jara and countless others had the courage to write songs — beautiful, musically infectious, lyrically stunning songs — that challenged power. When Buarque sang, "I want to scream an inhuman scream," he spoke for all those who lived whispering.

The power of music is real, and it shows in how the regimes reacted to it. These songs were banned from the radio, their singers forced to leave their countries; in some cases, as with Chile's Victor Jara, they paid with their lives. In this week's show, alongside guest host Gustavo Arellano — known for his work with the syndicated column Ask A Mexican! — we explore iconic political protest musicians, while also celebrating newcomers such as those who've put music to Mexico's student movement.

I often hear stories of Central American friends who survived civil wars and gang disputes not so long ago, or meet Mexican friends who've endured the unimaginable violence of the modern drug wars. Many have bullet wounds and interrogation scars, and all share deep sadness, anger and a yearning for an answer. Congoja is a Spanish word Gustavo and I use a lot this week; it means deep anguish. These friends simply learned earlier on what I didn't realize until I was well into my teens: In Latin America, violence and brutality are never left in the past; we all inherit it. On rare occasions in which my parents spoke of their dark youth, they never spoke of that violence as a fossil; it was always a pendulum which, in a matter of time, would swing back my way.

When I was a teenager, it did. It was 2001 when people took to the streets, a curfew was declared and the Argentine government collapsed. Of all my memories of that time, one always stands out: In the midst of the most heated clashes between protesters and police, a teenager around my age was being taken away by the hair and legs, screaming. He was yelling his first and last name and his ID number for anyone who could hear — in case he didn't come back and became part of that unimaginable nothingness. At that moment, he must have fully understood exactly what we had inherited, as if he'd been read a will. At that exact moment, thankfully, Buarque, Sosa, Jara and so many other Latin American musicians became part of my inheritance, as well.

--------------------------------------------------------------------------------

Cuando oigo la música que tocamos en el programa esta semana, las canciones de protesta y los artistas que arriesgaron sus vidas con tan solo un cantar, inevitablemente pienso en mis padres, que atravesaron parte de una de las épocas más horribles de la Argentina (eventualmente se fueron)- la dictadura militar que comenzó en 1976, y cuando acabó en 1983, lo hizo dejando una cantidad de muerte, destrucción y horror que nuestro país aún se esfuerza por comprender.

Como tantos hijos cuyos padres tuvieron la suerte de sobrevivir esa era, yo crecí en un país bastante distinto- menos violento, relativamente democrático- escuchando las reminiscencias dolorosas y tanteando los miedos silenciosos, como objetos afilados en la oscuridad: los podía tocar, pero nunca ver del todo. A decir verdad, no creo que ni siquiera mis propios padres pudiesen discernir la masa de su propio terror: y es que el horror de esos regímenes se basaba en lo que no se podía ver. Las desapariciones, la ausencia de cadáveres, la abundancia de asientos vacíos, los gritos que no se podían escuchar por encima de la radio a todo volumen durante las sesiones interrogatorios en los centros de detención clandestinos.

Mi generación heredó los restos de esa era- tanto los horrores como la fuerza humana. De chiquita hallé un libro que detallaba caso por caso las atrocidades cometidas por el gobierno militar. Esos testimonios se convirtieron en el léxico de mis pesadillas; pero simultáneamente hallé la música, el arte y las obras escritas de aquellos que se atrevieron a oponerse al poder. Músicos como Mercedes Sosa, Chico Buarque, Victor Jara, é incontables más, habían tenido el coraje de escribir canciones. Bellas, musicalmente contagiosas y líricamente abrumadoras. Cuando Chico Buarque cantaba "Quiero lanzar un grito inhumano" hablaba por todos aquellos que vivían susurrando.

El poder de la música es real- y esta demostrado por como estos regimenes reaccionaban a ante estos artistas. Sus canciones fueron prohibidas, los cantantes forzados a irse del país, y en algunos casos, como el del chileno Victor Jara, sometidos a impensables torturas y asesinados. Esta semana, junto a nuestro locutor invitado Gustavo Arellano, recordamos las canciones de protesta más icónicas de America Latina, y también celebramos a los cantautores nuevos- tales como los que le han puesto música al movimiento estudiantil #YoSoy132 en México.

Es importante hablar de la música contestataria de hoy día, y no solo la del pasado. Frecuentemente escucho las historias de amigos centroamericanos que no hace mucho sobrevivieron guerras civiles o la violencia de las pandillas, o conozco amigos mexicanos que han tenido que soportar la violencia inimaginable de la guerra del narcotráfico que convulsiona a ese país hoy en día. Muchos de ellos tienen heridas de balas, marcas de interrogaciones, y todos comparten una profunda tristeza, una congoja, un deseo de obtener una respuesta. Ellos simplemente aprendieron de más pequeños lo que yo pude recién comprender en mi adolescencia: que en América Latina, la violencia y la brutalidad nunca son algo del pasado; todos somos sus herederos. En las raras ocasiones en que mis padres me hablaban de esa oscura época de su juventud, jamás hablaban de la violencia como un fósil, sino que siempre como un péndulo que en cuestión de tiempo volvería a buscarme.

Y en mi adolescencia me encontró: en el 2001, cuando la gente de mi país salió a la calle, se declaró un toque de queda, y gobierno tras gobierno colapsó. De todo lo que recuerdo de esa época, hay una memoria que se destaca: en el medio de los enfrentamientos entre los ciudadanos y la policía, un adolescente- más o menos tendría mi edad- estaba siendo llevado de los pelos y las piernas a un patrullero. Gritaba a todo pulmón: su nombre y apellido y su número de identificación para quién lo pueda escuchar. En caso de no regresar, y convertirse en ese vacío tan inmensamente pesado.

En ese momento el, como yo, habrá entendido exactamente lo que estábamos heredando. Como que te lean un testamento. Y fue en ese preciso momento, por suerte, que Buarque, Sosa, Jara, y tantos otros músicos y artistas latinoamericanos, se convirtieron en parte de mi herencia también.

Copyright 2012 National Public Radio. To see more, visit http://www.npr.org/.